Cuento corto y mate amargo.
Él era una de esas personas de las cuales uno se acostumbra fácilmente. Vivía sólo, pero no hacia mucho tiempo que esto era así; era novato en el asunto, por así decirlo. Su casa generalmente era un desastre, producto de su corta experiencia como único inquilino y al mismo tiempo su corto aprendizaje de las tareas domésticas. Era, por comodidad quizá, un animal de costumbres, y como tal, guardaba dentro suyo el gran anhelo de aventuras fuera de este mundo.
Así pasó ese día, cuándo alguien, por algún motivo recortó del diario gran parte de un chiste dejando sólo un cuadradito. Se encontraba sobre la mesa, apartado del profanado diario, casi melancólico y sin tener dirección alguna que asegure el indicio de pertenecer al principio o al final de una historia, que bien podría ser triste o alegre, pero que siempre tendría por unidad el humor. Y es el mate el que lubrica la entrada de sabiduría en dosis el que lo decidió a indagar aún más allá.
Muy temprano, sin indicios del autor del crimen, ni del autor del mate; en un lugar desconocido para él comenzó todo. El cadáver se encontraba sobre una mesa dibujada que dejaba mucho a la imaginación, él lo observaba con distancia, pero con mirada penetrante, como queriendo resolverlo en el aire. Esto no alcanzaba y es por ello que se aproximó para tomarlo en sus manos; extrañamente en ese momento el lugar cambió por completo, nunca había estado ahí. Se refirió al entorno solo con el oído; pudo apreciar que el viento que refrescaba su rostro susurraba tangos que dan miedo por lo que dicen, al mismo tiempo que cantaba enseñanzas sobre los aprendizajes pasados y los errores futuros. Esto hacia que se sintiera menos sólo. El lugar era un claro, que se consolaba con medir lo justo y necesario, en medio de un profundo bosque de árboles robustos de tiempos en los que el planeta todavía estaba cubierto de papel maché. Tenía dentro suyo el deseo do omnisciencia, esa que solo poseo yo. Eso lo encaminó a una ardua búsqueda en la que dejaría la vida si así fuera necesario, un paso tras otro olvidaría minutos, horas y días hasta dar con la verdad. Decidió, entonces, enfrentar su destino y se introdujo en una tarea sin fecha de entrega.
Una vez dentro de la comunidad arbórea perdió toda noción de tiempo y ubicación. Sus pies se acostumbraban rápido al camino, por lo que llevaba un ritmo seguro y parejo. En ese lugar recordó no haber desayunado, pero solo fue un detalle frente a lo que sucedía; sus pensamientos se ocupaban enteros en resolver el crimen. Luego de haber transitado 1 hora de camino aproximadamente se cruzó con un excéntrico pájaro que comenzó a darle consejos, que comenzaron a interesarle con el transcurrir del camino. Se detuvo y estuvo conversando largo tiempo con esta ave, lo escuchaba sin ánimo de interrumpirlo, asentía con la cabeza, y sólo se limitaba a preguntar en los momentos que correspondía. Este peculiar consejero, que había confesado llamarse Landa, le comento que no se encontraba en un lugar cualquiera, y que debía de tener cuidado con los cuenteros que moraban esos lugares. Le confesó que en ese bosque solo vivían 26 criaturas, llamadas con letras del alfabeto griego, le explicó que Mu era una gran ardilla y que todas las vocales eran de una maldad terrible; por otro lado le comentó que también vivían con ellos los árboles, pero que no tenían nombre de letras y que e lugar de eso preferían nombres que robaban a viajeros que se perdían. Sabiendo esto, él se levantó e incurrió en continuar con su viaje, que parecía no tener fin. Prosiguió su paso, pero ahora con un poco de dificultad; miraba a su alrededor, como cuidándose de los males antes explicados.
El cuadradito de papel se encontraba aún en su mano aferrado con fuerza curiosa quedando insignificante, al igual que él dentro de ese bosque que no tenía límites reales. El tiempo pasaba y el panorama de oscurecía, junto con sus esperanzas; en un momento comenzó a correr como podía, decidió que ese mismo día debía saber la verdad. Sus manos se agitaban con cuidadoso sentido de preservación de la evidencia. En un momento sintió algo extraño, nunca había sido abrazado de esa manera, todo se transformó en sombra, una que tomó atribuciones; y se vio a si mismo, como en un espejo, el cual existía, se dio cuenta de todo. En ese momento se encontró sólo, en el medio de la noche, viendo su figura reflejada en el espejo de la habitación donde día a día dormía. Creyó concluir y lograr una verdad de callejón con salida que lo dejara tranquilo, pero al hurgar su mano, encontró allí el pequeño cuadradito de papel que tenia impreso esa parte del chiste, una el la que un árbol abraza a un individuo y le pregunta “¿Cómo es tu nombre?”. Allí se dio cuanta que ya no tenía el mismo nombre, observó su documento y solo tenía el nombre que hasta hace unas horas era el segundo en orden de escritura e importancia.
Y es así que no existen las personas que no poseen segundo nombre, son más bien victimas de hurtos onomásticos y eternos admiradores de chistes inconclusos; que alguna vez se han servido de papeles. Papeles de árboles muertos sin nombre.

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